Cuando Wout van Aert, a las 16:20 de la tarde, demarró sobre el velódromo André-Pétrieux de Roubaix, se agitó una especie de clamor religioso, un escalofrío piadoso, una sacudida legendaria entre un público devoto que sabía que estaba asistiendo a una victoria histórica de un ciclista forjado en la adversidad, que parecía saldar una deuda, devolviéndole el destino, en forma de gloria, lo mucho que el infortunio le había robado en el camino

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