No llegaba el Giro de Italia a Andalo desde 2016, hace ya diez años, cuando Alejandro Valverde comenzó a relamerse entre la pared humana agolpada en el último kilómetro de la etapa, ruido ensordecedor contra las vallas, antes de evaporar a Ilnur Zakarin y anclarse a la rueda del líder, Steven Kruijswijk, a quien arrancaría las pegatinas para conquistar, brazos en alto, uno de esos finales de inmejorable diseño para sus piernas, tan únicas, tan ganadoras.

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