Javier Aguirre también podría decir que lo que se jugó en Pasarón no es fútbol, pero no lo ha dicho. Su equipo, el Mallorca, sudó la gota gorda (0-2) ante un Pontevedra del que decían, a mediados de los años sesenta, que había que roerlo. Como a un hueso, vamos. Lo fue el equipo gallego en un recinto histórico de la Liga, que hace años abandonó los fastos y los oropeles de la máxima categoría, que en sus tiempos no eran tantos. De hecho, cualquier partido de Primera se parecía más a lo de la noche copera pontevedresa que a lo que sucede en las moquetas verdes de la élite.

