La pista de baloncesto está en la quinta planta de un edificio del campo de refugiados palestinos de Shatila, en el Líbano. Llamar pista a ese espacio es un ejercicio de fe. No alcanza las medidas reglamentarias ni dispone de líneas que marquen los límites. Ni siquiera es rectangular. La pintura gris del suelo se descascarilla en varios puntos. No hay dos canastas situadas una frente a la otra, sino varias cestas distribuidas por el espacio. Unas pequeñas bombillas ayudan a la luz natural que entra por las rendijas del techo. Por esos mismos huecos entra también el agua cuando llueve e impide entrenar. No hay nada que se parezca a una ducha o un vestuario. Y, sin embargo, ese espacio alojó los primeros pasos de una historia de valentía y deporte. De valentía verdadera. Del valor auténtico del deporte.

