Aunque el 5 de mayo celebrase los 22, parece ser que a Carlos Alcaraz le ha caído de repente encima algún que otro añito. Bienvenidos sean, pues. “Ya era hora de que madurara un poquito, ¿no?”, bromea ante los periodistas el murciano tras haber rendido a Ben Shelton a base de control, de poso, de saber manejar esos nervios traicioneros que afloran entre la marejada y que le han costado algún que otro disgusto por dejarse llevar, si no volverle la cara al partido. Estos días, sin embargo, Alcaraz parece haber dado un estirón. Mental, en este caso. Pese a la zozobra de los tres últimos partidos, un set cedido ante Fabian Marozsan, otro contra Damir Dzumhur y un tercero frente al estadounidense, el domingo, se observa en el espejo y adivina novedades: ganar sufriendo, sufrir ganando.

