Hace tiempo aprendí que el verdadero valor de una competición se debe calibrar en los bares: ahí está todo. Existen otros deportes que se prestan a diferentes tipos de formatos y disfrute, pero no al de la muchedumbre enfervorizada en un bar. El golf, por ejemplo, que no necesita del calor ajeno para acercarnos a la pantalla intuyendo la enésima resurrección de Tiger Woods. O la natación, que no permite la bronca de barra, el sarcasmo o el grito colectivo salvo cuando se ahoga algún protagonista, que no suele ser el caso.

