Irán es el ejemplo perfecto de cómo el extremismo político y religioso puede arruinar el éxito deportivo. La iraní Sarasadat Jademalsharieh, de 25 años, es una de las ajedrecistas más prometedoras del mundo desde 2012, pero residirá en España tras el Mundial de partidas rápidas que disputa en Almaty (Kazajistán) porque juega sin velo, por lo que podría sufrir graves represalias del régimen iraní, que interpreta el gesto de descubrir el cabello como una demostración de apoyo a las protestas que sacuden Irán en los últimos tres meses. Hace tres años, Alireza Firouzja, de 16 años entonces, 4º del mundo ahora, se escapó a Francia, harto de que le obligaran a perder por incomparecencia ante rivales israelíes. El imán Jomeini prohibió el ajedrez tras la Revolución islámica de 1979, pero rectificó poco antes de morir, y hoy Irán es una potencia, a pesar de todo.

