Imaginen que el ciclista Primoz Roglic acude al Tour que podría ganar, caminando desde su Eslovenia natal, pero pese a la paliza y a la falta de entrenamiento, es capaz de quedar segundo. Algo parecido imaginó el otoño pasado el escalador belga Seb Berthe: su Tour sería la ruta de pared más difícil del planeta, localizada en el valle californiano de Yosemite. Y no viajaría a pie, sino en un velero, cruzando el atlántico en un larguísimo periplo. Y tampoco logró escalar la pared en libre porque cayó una y mil veces en el último paso del largo clave. Así que, se puede decir, fue segundo en su Tour particular. Todo esto, como protesta y acción contra el cambio climático. Las montañas, antes majestuosas e intimidantes, aparecen ahora como grandes animales heridos que se desmoronan ante nuestros ojos: los seracs caen como costras podridas, los glaciares agonizan como un pez varado en una playa, las torres de granito y caliza se desmoronan y el hielo se retrae y desaparece.

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