Durante muchos años, Lionel Messi sintió la necesidad de demostrar su pertenencia a Argentina. Se había marchado de Rosario a Barcelona con apenas 13 años y, en realidad, en su país lo conocían con un océano por medio. El atacante necesitaba exhibir (a su manera introvertida) que él también era uno de ellos. El resultado, sin embargo, fue un largo serial de desencuentros durante demasiado tiempo. Parecieron dos cuerpos extraños condenados a la corrosión y el zurdo llegó a levantar bandera blanca tras su enésima frustración, en el Mundial de 2018.

