La mañana del 5 de junio, seis días antes de que echara a rodar en el estadio Azteca el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, un avión procedente de Estambul aterrizó en el aeropuerto de Miami. Los pasajeros desfilaron ordenados por la pasarela, dejaron atrás varios murales con exóticos reclamos turísticos y llegaron a la inmensa cola que conducía, al fin, al exhaustivo control de aduanas. Tras una interminable espera, y sin separarse nunca de su equipaje ni su pasaporte, Omar Abdulkadir Artan se plantó ante la ventanilla correspondiente. Tras identificarse, varios policías lo guiaron hacia una oficina apartada del bullicio. Allí fue interrogado durante 11 largas horas antes de ser deportado por, según la versión oficial, “problemas de verificación” relacionados con sus antecedentes.

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