En ocasiones hay que recurrir a la magia. A esos jugadores de otra galaxia, únicos. <strong>Los Golden State Warriors empataron la final de la NBA con una lección de el más aplicado de sus alumnos en magia y hechicería</strong>. Stephen Curry (29+6+4+3) tomó la varita y evitó que los Boston Celtics salgan de la Bahía más crecidos en su objetivo. Con paliza y sensación de superioridad tras un tercer cuarto portentoso. Con un festival de ritmo, variantes y condenando a los peores Celtics posibles. Por la vía del cloroformo (107-88).

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *