La partida de este vídeo es un ejemplo magnífico para entender por qué, salvo excepciones, las que se juegan entre computadoras solo interesan a una minoría de alto nivel técnico o muy versada en inteligencia artificial. La belleza disfrutable por la inmensa mayoría de los aficionados nace del error humano. Sin él, es improbable que el amante del ajedrez vibre.

