El Bernabéu huele a una extraña mezcla de tristeza, resignación y enfado. El empedrado, con más asientos vacíos de lo normal, recibió a los jugadores contra el Alavés en silencio, como si aquí no hubiera pasado nada; sin embargo, en cuanto el balón se puso en circulación, un sector hizo ver que sí habían pasado cosas que no pensaba dejar pasar. De nuevo, con Vinicius en la mirilla y, esta vez, con Camavinga en el disparadero y con algunos pitidos a Mbappé. El francés había salido limpio de las enormes broncas del invierno, pero este martes no se libró.

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