Compartir equipo con el que probablemente sea el mejor jugador de la historia de un deporte tiene grandes ventajas. La principal es que en los momentos decisivos le puedes dar la pelota porque sabrá qué hacer con ella y ese detalle condiciona absolutamente todos los componentes del juego: desde la estrategia a la personalidad del equipo, pasando por los temores del rival o la confianza propia. También suelen ser un polo de atracción para los focos y los hinchas, de tal manera que libera a sus compañeros de la presión mediática y de las gradas. Pero también hay que compartir vestuario con él en el día a día. Y que, visto desde dentro, no sea una experiencia tan agradable como podría parecer.

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