En estas tierras el Mundial de fútbol tiene su ritual. Brasil entero se adapta para facilitar que todos, desde los niños de jardín de infancia hasta los cientos de miles de funcionarios públicos, puedan seguir cada uno de los partidos y animar a la selección con entusiasmo. Por algo se considera el país del fútbol y atesora cinco copas, más que nadie. El deporte nacional es una de las pocas cosas que siempre ha unido a este gigante tan desigual como clasista. Que la jefatura ponga enormes facilidades a la plantilla para que no se pierda un minuto de juego, aquí es norma, no excepción. Todo son facilidades para que ese aficionado que casi todo brasileño lleva dentro pueda poner sus energías en animar a sus futbolistas. Por eso la hora punta del tráfico en São Paulo ha sido este jueves bastante antes de lo habitual, nadie quería llegar tarde al Brasil-Serbia. A esa hora los bares ya estaban llenándose de gente con la camiseta amarilla, la que el bolsonarismo ha patrimonizalizado estos últimos años y muchos quisieran recuperar como símbolo nacional.

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