Remco Evenepoel se acuesta tarde el domingo porque, futbolista como ha sido, no puede perderse la final de un Mundial y aguanta hasta el último minuto de la prórroga el partido de la gloria española. “Fue una buena forma de relajarme para empezar el día de descanso”, dice en teleconferencia. Por la mañana, mientras él madruga, se monta en la cabra y se entrena en las laderas onduladas del lago Léman entre Évian y Thonon los 26 kilómetros de la contrarreloj del martes, y los turistas se empapan y refrescan con el aerosol del gran chorro del mismo charco en Ginebra, les deslumbra la luz y les alegra la vida la belleza de algunos Chagall alegres, ¡la cabra verde!, en una galería, no muy lejos de allí, a orillas de otro lago, en Annecy, Jonas Vingegaard, el brazo derecho sujeto con una venda, se embarca con una sonrisa en un avión con destino a Copenhague, donde el martes le operarán de su clavícula fracturada. Habla. Asume su error en la rotonda criminal al seguir la mala trayectoria de una moto, dice que el control antidopaje de la víspera a las dos de la mañana no ayuda pero que tampoco su la razón de su distracción y asegura que lo de la clavícula no es nada comparado con lo que se rompió hace dos años en el País Vasco.

