Fue un momento realmente emocionante. Y, gracias a la videoteca, lo sigue siendo. El 25 de julio de 1992 se instaló en la memoria sentimental de un país completo. Aquella noche, cuando la megafonía del estadio olímpico de Barcelona anunció la entrada del equipo español, la intensidad escaló varios peldaños. El entonces príncipe Felipe ejercía de abanderado. Llevaba en la cara la ilusión, la alegría y el orgullo de todos sus compatriotas. Juan Carlos y Sofía se ponían de pie para aplaudir, en un aplauso que era el de toda la sociedad. La infanta Elena lloraba de emoción, en unas lágrimas que eran las de todos sus paisanos. Estaban a punto de comenzar los Juegos Olímpicos de Barcelona y España lanzaba al mundo un mensaje de modernidad, ideas, talento, profesionalidad y unidad. En un año en el que Sevilla acogió la Exposición Universal, el país alcanzaba una cima impensable décadas atrás. El problema es que aquella noche del 25 de julio de 1992 y aquellos Juegos no eran, en contra de lo que podía parecer, un punto de partida, sino el final de una etapa. Después del pico de españolidad, empezó la cuesta abajo. Aquel instante —como todos los instantes— se evaporó.

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