Una tarde de verano de 1971, en un pueblo de apenas 5.000 habitantes a orillas del mar Cantábrico, una playa de arena fina y arcillosa, una pista de tenis delimitada por los surcos hechos con un palo, una red compuesta de retales de mallas de pesca que se sujetaba a dos estacas de madera, un árbitro subido en una escalera de tijera, un megáfono para cantar los puntos cedido por el párroco del pueblo, una pandilla de amigos que había crecido con los éxitos de Manuel Santana. Con esos elementos se podría construir ya una gran historia. Pero faltaba una madre. Una madre que se llamaba Eloína y que, en 1973, se acercó a los organizadores del torneo y les dijo: “dejad jugar a Juanín, que tiene 12 años, pero le gusta mucho el tenis”. Las reglas del torneo decían que la edad mínima era 13, pero a ver quién le dice que no al amor de una madre que, además, le había regalado la raqueta a Juanín por sacar buenas notas. Al niño lo eliminaron en cuartos de final, pero regresaría un año después para alzarse con el trofeo de campeón. Lo ganaría en ocho ocasiones más. Aquel niño era Juan Avendaño y, con el tiempo, otros tenistas como Álex Corretja, Carlos Moyá, Juan Carlos Ferrero o Pablo Carreño heredarían su trono de campeón del Torneo Tenis Playa de Luanco, una de las competiciones más singulares que existen.

