Yo ya era un provinciano mucho antes de que a Javier Tebas se le calentase la boca como a esos tuiteros del barrio de Salamanca, faltos de calle. Y a mucha honra. Haría falta mucho más que un pisito de alquiler en el centro de Madrid, o un partido de Liga en un estadio hortera de Miami, para quitarme el orgullo de ser de provincias, de haber nacido en una esquinita del mundo donde los bares abren antes que los colegios y el fútbol se empieza a sentir entre los charcos, justo en el lugar donde mi primo Marcos me cascó dos dientes de un balonazo. Aquí no catalogamos al aficionado por el precio de la entrada. Ni reducimos la pasión a una presentación en Power Point. Y, sinceramente, no parece que nos vaya tan mal.

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