“Estoy en la Luna”, dice Tadej Pogacar cubriendo su arcoíris del maillot de campeón del mundo con las estrellas y los azules de campeón de Europa, y dan ganas de decirle, no, no estás en la luna, estás más allá, en las estrellas, y entre ellas erra, nómada solitario, pues nadie puede acompañarte, ya sea en el corazón de las tinieblas africanas de Ruanda que iluminas con tu relámpago, ya en las pequeñoburguesas orillas del Ródano en las apacibles fincas del Ardèche. Desde la tierra todos te alaban y te maldicen, y bendicen tu nombre y allá por donde te lleva tu Colnago ligera, casi alada, siempre solo, siempre delante de todos. Y todos se quedan pegados a la tierra, hasta Remco Evenepoel, que si no existiera Pogacar sería mejor que todos los demás, rodador único, nacido para la bicicleta con la que se une en un solo organismo, hecho de tubos de carbono, tornillos de titanio, músculos, huesos, ligamentos. Y un solo motor, el corazón.

