Tenía más futuro el pasado, piensan pesimistas los ciclistas. Lloran la muerte de la prensa impresa que les deja desnudos en la bruma del Tourmalet y, falto de Équipes generosos, Julian Alaphilippe y otros recurren a bastos cartones de embalaje para proteger el pecho antes de descender hacia la Mongie. Hace frío lejos del planeta Pogilandia, Pogacar y su banda de colegas con gafas púrpura, abrigados con prendas de última tecnología, el sol jaune del pelotón, que apenas calientan a los pocos que tienen el valor de acercarse perdiendo el miedo a cegarse deslumbrados por su brillo. Tampoco quieren calentar los Pirineos, solo también sobrevivir, pues han tenido una visión en la cima del Tourmalet, 2.115 metros. “Había una niebla muy, muy espesa, un poco de lluvia, la carretera estaba resbaladiza”, dice. “Estaba perdido, solo veía la nuca de Sivakov, que abría camino. Fue como un aviso, así que bajamos muy conservadores, y así toda la etapa”.

