El infierno era las ruinas de la Primera Guerra Mundial, las ciudades del norte de Francia destruidas, cráteres de bombas gigantescos en los campos, y el eco de agonías aún, ruinas humeantes de un humo oscuro, negro como las nubes de tormenta, y carreteras descarnadas que recorrían los ciclistas, Henri Pélissier y compañía, con pañuelos en la boca, como forajidos a caballo, para no tragarse el polvo, y ojos despavoridos, miradas aterrorizadas, y el deseo de llegar. El norte se reconstruyó, el infierno se asfaltó cuando todo francés tenía ya su dos caballos o su 4L y estuvo a punto de desaparecer con la civilización.

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