Tadej Pogacar sigue pareciendo el niño que era cuando llegó al ciclismo como una bomba, hace ya casi cuatro años. Ya tiene 24 (nació en Komenda, Eslovenia, el 21 de septiembre de 1998), pero es la misma mirada entre sorprendida y divertida de cuando le llamaban Pogi por lo diminuto que era, de chaval con mofletillos que descubre las maravillas de la vida y se lanza hacia ellas, y hacia todos los obstáculos, siempre sin miedo al qué pasará, del adolescente despreocupado que intenta posar serio y no se aguanta la risa, sus ojillos. En solo cuatro años de profesional ha ganado dos Tours, y ha sido segundo en otro, tres monumentos, dos Tirrenos, 51 victorias ya y sumando, lo que el 99% de los ciclistas del pelotón no ganará en toda su carrera. Pero, dice, su hambre no se ha agotado. Ni sus ganas de dejarse guiar por el instinto cuando compite, de atacar de lejos sin miedo a qué pasará, y de, pese a todo, vivir relajado, sin estrés ni agobios. Habla de todo ello, y del Tour que perdió, al día siguiente de ganar una carrera en Jaén después de atacar a más de 40 kilómetros de la meta en la cuesta de un camino de gravilla y arena. “Las victorias más espectaculares llegan cuando haces algo loco”, dice, y, se le podría bautizar el caníbal risueño, podría añadir que también así cultiva sus derrotas magníficas.

