Son la Santísima Trinidad del ciclismo, dicen exaltados, y contagiados por la festividad, los comentaristas en la tele, tres personas distintas, un esloveno que llega de ninguna parte, un neerlandés nieto de un héroe francés y un flamenco héroe del pueblo, y un solo Dios verdadero, el esloveno de las dos caras, Tadej Pogacar, que en el Viejo Quaremont, un camino estrecho y empinado de dos kilómetros de adoquines desiguales, viejos, desgastados, tiene su paraíso.

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