Cuenta Cristina Bucsa, de 25 años, que lo que más le apetece hacer al volver a casa, concluida ya la aventura individual australiana (que no todavía la de dobles), es ver a su madre y que el duelo contra Iga Swiatek (6-0 y 6-1 tras 55 minutos) le ha servido de valiosa lección. “A mí me gustan los retos, y ella me lo ha puesto bien difícil. Me ha enseñado que tengo un margen de mejora brutal y sobre todo a mejorar la intensidad, porque le da muchísima intensidad a la bola en cada golpe. Sí, sí, es una máquina”, expone la cántabra, sometida a ese balanceo corrosivo que ejerce la número uno del mundo, un software programado para la demolición.

