Hubo un verano en el que me enamoré de Romario. Imposible no hacerlo, claro. Bastó con el póster que me regaló mi padre mientras nos tomábamos un Cacaolat en el Ambròs de Torredembarra, por la tarde, justo antes de darnos otro chapuzón en la playa. Aquel tipo bajito que hacía un malabarismo en la imagen no golpeaba la pelota: la acariciaba. “Dibujos animados”, que decía Valdano. Era 1993, aunque para entonces ya había descubierto más que de sobra el fútbol. “¡Bergkamp!”, me llamaba mi primer entrenador, Justo Basarte. Más adelante, cuando ya había cogido un poquito de cuerpo en la adolescencia, mi hermano el aventurero me instó a que me preparase: “Álex, nos vamos a Sopelana”. Y regresamos unas horas después a Zarautz con un par de tablas de surf en el maletero. Entonces (Hendaia, La Zurriola, Biarritz…) descubrí (y sufrí) la magia de las olas y las corrientes, y aprendí también que la interpretación del momento, el saber leer, es fundamental en la mayoría de las situaciones.

