“Mi teléfono ha estado muy ocupado últimamente”, dijo Steven Gerrard, la frente y el entrecejo surcados de profundas arrugas, mirando a la audiencia con los párpados caídos y la barba de dos días, como alguien que pide clemencia. El entrenador del Aston Villa no deja de recibir llamadas desde que hace meses todas las fuerzas de la Premier comenzaron a converger hacia una última jornada estrepitosa, coronada por un partido con valor de título, Manchester City – Aston Villa. Un último acto con las raíces bien hundidas en el alma de Steven Gerrard.

