Los vertidos del caso Negreira, el pestilente prestige derramado sobre el fútbol español, tiene en vilo a un sector ya de por sí afligido ante semejante mancha de desprestigio universal. El fútbol patrio navega con más turbulencias que galas sobre el campo. Sin grandes estrellas, con el Barça y el Madrid tan poco versallescos, predominan las mesas redondas por la fetidez de las sospechas arbitrales, los sainetes del VAR, los arrestos al iracundo Vinicius, el juego vietnamita de Gavi, las chusqueras grescas de los principales dirigentes institucionales… Del espectáculo en sí, del fetén, migajas. Más ruido que fútbol, del que seduce, no del que da carrete para las broncas de bar o de plató. Falta un relato futbolero, mayor esplendor. Mayor refulgencia de un fútbol al que la selección por bandera no da vuelo siquiera ante Japón y Marruecos, que no son el Brasil de Pelé.

