Después de un abril pletórico, donde el Espanyol vencía sin parar, el equipo se liberó tras imponerse al Getafe, al punto de que se esparció por Cornellà para alimentarse del cariño de su gente, todos en pie y con el aplauso por bandera, también porque quedaban siete jornadas y estaban seguros de la salvación. Se soñaba, incluso, con Europa cuando durante 10 jornadas se vivió en las catacumbas. La plantilla, entonces, se fio a la identidad forjada por el técnico Manolo González con los canteranos al frente, a las paradas con flash de Joan García, a los goles de Puado y al salto de calidad que habían ofrecido las incorporaciones invernales de Urko González y Roberto. Del futuro negro a resplandeciente, se pensaba. Un error.

