A menos de una semana del comienzo del Mundial de Qatar, y antes de la llegada de más de un millón de personas al pequeño emirato- del tamaño de la región de Murcia y 2,7 millones de habitantes- comienzan los problemas. El comité organizador catarí accedió, presionado por la FIFA -presionada, a su vez, por los patrocinadores- a permitir el consumo de alcohol en el país, donde rige la sharia (ley islámica). Las directrices parecían claras, como detallaba Fatma al Nuaimi, directora ejecutiva de comunicación del llamado Comité Supremo para la Organización y el Legado, en una entrevista reciente en EL PAÍS: se podría beber desde tres horas antes de los partidos y una después en las zonas designadas para ello. Habría además, un área específica para recuperarse de la borrachera y otras sin alcohol para fans de la región que quisieran “disfrutar de la experiencia en familia”. Pero los organizadores cataríes empezaron a ponerse nerviosos al ver los primeros puestos de venta de cerveza en las inmediaciones de los estadios y el sábado comunicaron a Budweiser, patrocinador del torneo, que tenía que recolocarlos en zonas menos visibles en los alrededores de las ocho sedes donde se jugarán los 64 encuentros. The New York Times, que apunta que la orden vino de miembros de la familia real catarí, publicó este lunes un vídeo de un grupo de operarios trasladando los puestos de venta.

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