No sé por qué, pero en esas imágenes tras las finales siempre me siento más identificado con las lágrimas de los que pierden que con la felicidad desbocada de los ganadores. No sé por qué sentía que ese niño escocés que lloraba desconsoladamente podría ser cualquier niño, o niña, de Europa. Solo habría que cambiarle la camiseta y, tal vez, dejar de ser pelirrojo. No sé por qué en medio de la final de la Liga Europa mi corazón empezó a latir, casi sin darme cuenta, con sones de gaita y cantos de esa grada mítica de Ibrox Park.

