Sebastian Coe, que cumplirá 69 años dentro de 10 días, barbita blanca de dos días permanente, ni suda ni teme el calor porque sus abuelos eran de la India, ni teme las preguntas de la media docena de periodistas porque sabe esquivar, burlar y quedar bien, sonriente, gracias a su talento natural, tan grande en los despachos y moquetas en hoteles de lujo como en las pistas de tartán, gracias a la experiencia acumulada durante 33 años de carrera política y de dirigente deportivo, 10 de ellos como presidente de la Federación Internacional de Atletismo (World Athletics, WA). Así que cuando se le pegunta si no teme que la marea de solidaridad con las víctimas del pueblo palestino e indignación por la masacre que lleva a cabo Israel nacida en la Vuelta se contagie a los estadios de atletismo, no cambia de tono ni se sobresalta al contestar. Tampoco se moja. No es el momento de hablarlo, dice. Ni el foro, centrado como está en el Mundial de Atletismo de Tokio. “Mire, vivimos en un mundo complejo, muy complicado. Yo soy demócrata [y miembro tory de la Cámara de los Lores británica algunos años], soy libertario [de la doctrina libertarista, del derecho sagrado a la propiedad y libertad privada, no anarquista], la gente tiene derecho a expresarse”, dice Coe, que cuando presentó su candidatura a presidir el Comité Olímpico Internacional (COI) afirmó que él nunca habría sancionado a Tommie Smith y John Carlos por sus acciones de denuncia de segregación racial en el podio de México 68. “Siempre he dicho que los manifestantes deben hacerlo con respeto y asumir que no puede ser una plataforma para perjudicar las posibilidades de los atletas. Este asunto entra en nuestra planificación y debate sobre seguridad y, desde mi época como presidente del comité organizador de Londres 2012, puedo decir que la mejor manera de debatir sobre seguridad es no debatir nunca sobre seguridad”.

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