Se marcha Andy Murray a su manera, tras 19 años como profesional y, en realidad, después de toda una vida ligado a su deporte: tenis para desayunar, tenis para comer, tenis para cenar. Tenis a todas horas y en todos lados. Y su fina ironía británica, cómo no: “De todos modos, nunca me gustó…”, transmitía esta semana por medio de sus redes sociales, una vez confirmado el adiós con la caída en el dobles olímpico, en la Chatrier. El punto final a una carrera extraordinaria. Pura escuela nadaliana de lucha, sufrimiento y compromiso, pero a la escocesa: tobillos, espalda, caderas, quirófanos, doble prótesis de metal en la cintura… Y eternamente, inquebrantable, un deseo irrefrenable por jugar y por competir, fueran cuales fueran las circunstancias. Pocos tenistas con tantísima fe, tantísimo orgullo y esa fiereza a la hora de rebatir. Un competidor de marca registrada.

