Cuando había llegado el momento de reivindicar su poder en el Barcelona, después de ganar la Liga y la Supercopa, Xavi Hernández quedó atrapado en los intríngulis de la directiva azulgrana. Por mucho que el técnico insistiera en que el equipo necesitaba un pivote para reemplazar a Busquets, el club, ya sin palancas, se había quedado sin dinero para fichar. A Xavi no le quedó más remedio que aceptar a Oriol Romeu. Y, como si fuera poco, perdió a Dembélé (su ojito derecho en el equipo) y a sus dos mejores aliados en la Ciudad Deportiva: Jordi Cruyff (secretario técnico) y Mateu Alemany (director de fútbol). “La salida de Jordi puede dejar solo al míster”, alertaba, por entonces, un empleado de la dirección deportiva.

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