Salía Carlos Sainz de una eterna reunión con sus ingenieros a las ocho de la tarde. Ya no había nadie en el paddock, convertido en la visión más real posible de un circo, con operarios desmontando los motorhomes para llevarse a los leones, la jirafa y los elefantes a otra ciudad. Allí volverán a sonreír los ‘niños‘ delante de un móvil. La felicidad no tan inocente de la búsqueda desesperada de seguidores, junto a los aficionados de siempre, deseosos de ver a los trapecistas de las carreras intentar el triple salto mortal. Pilotos acostumbrados a caminar sin red por el alambre, ricos y famosos en su mayoría, pero que sufren por su sueño. Y ahora ‘Pinito del oro‘ Sainz, una década brillando en la F-1, siente que su equipo ha tomado el rumbo equivocado. No se puede vivir sólo de promesas.

