Fueron dos ladridos que sonaron como dos disparos. Romina Zárate se despertó creyendo que lo había soñado, que su cabeza aturdida por el estrés y un cansancio insondable empezaba a jugarle malas pasadas. Volvió a cerrar los ojos y entonces escuchó nuevos ladridos de perro. Si había un perro podría haber un grupo de rescate. Solo que no tenía fuerzas para ponerse en pie, para gritar, para salvarse. Entonces, el miedo a morir le concedió fuerzas: de mala manera se irguió sobre sus pies descalzos, sangrantes, semi helados y empezó a gritar, recordó que iba vestida de negro y que nadie la vería de esa guisa así que agarró su mochila gris y roja y la levantó por encima de su cabeza, agitándola como poseída. Entonces, alguien gritó a su espalda: “La veo”. Pocos minutos después, se abrazaba a un rescatador. Cincuenta voluntarios, habitantes y escaladores de visita en El Chaltén, un diminuto enclave perdido en la Patagonia argentina, llevaban tres días buscando una aguja en el inmenso pajar de terreno que rodea a las icónicas montañas de la zona: el Cerro Torre y el Fitz Roy. Se trata de uno de los lugares de la Tierra más salvajes y aislados, una tierra sometida, además, a una meteorología enloquecedora. También es uno de los epicentros del alpinismo y el senderismo, un lugar que recibe enormes masas de turistas de montaña que van y vienen, arriba y abajo pese a que no existe un servicio de rescate profesional, ni helicópteros. La Comisión de Auxilio de El Chaltén está compuesta por voluntarios, y ahora mismo el héroe de éste grupo heterogéneo se llama Rust y es un perro de raza border collie de ocho años entrenado para dar con personas perdidas. El de Romina es su primer rescate.

