Gran parte de la familia de Rodrigo Corrales (Cangas de Morrazo, Pontevedra; 31 años) eran pescadores de altura, de los que se iban seis meses a Canadá, las Malvinas o las Seychelles. A él aquello siempre le dio miedo, aunque de vez en cuando fantasea con la idea de hacer una ruta de Galicia a Namibia cuando se retire. Le han dicho que hasta Canarias el barco se mueve un poco, pero luego ya todo está en calma. Lo suyo siempre fue el balonmano (previo paso por el fútbol) y, sobre todo, la portería, en la que aterrizó por una cuestión tan aleatoria como la altura. “De pequeño les sacaba dos cabezas a mis amigos. Ellos no llegaban a los balones y yo los paraba por centímetros. Nadie quería ser portero y yo, sí”, recuerda ahora desde sus 2,02 de verticalidad.

