“Tenemos que ser pacientes”, dijo Guardiola, con voz ronca, el ceño fruncido, y la tensión gestual de las grandes vísperas. El entrenador del Manchester City pronunció en la sala de conferencias del estadio Olímpico de Estambul uno de sus discursos más repetidos, no siempre con éxito. En la segunda final de Champions de su carrera lejos del Barça, el técnico vuelve a enfrentar a un equipo que se defiende con cinco zagueros y se despliega rápido a la contra con dos carrileros, dos interiores y dos atacantes que suponen una amenaza constante frente a las pérdidas de balón. Ante la duda, surge la disyuntiva crucial: ¿priorizar la conservación de la pelota para evitar contragolpes o poner el énfasis en el ritmo de circulación para evitar que el rival se afirme en su trinchera? El mensaje de la cautela, naturalmente, suele inclinar la balanza en la primera dirección. Para los equipos que hacen del ataque una apuesta fanática, como el City, la paciencia puede traducirse en virtud o en veneno.

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