Nadie esperaba a Raúl Rangel (Zapotlán el Grande, Jalisco, 26 años). Hace cuatro años, ni siquiera estaba en el radar de guardametas mexicanos para jugar en la selección. El orgulloso hijo de la señora Miriam Aguilar empezó su historia del fútbol en una panadería, en una carnicería y en una fábrica de ladrillos. Cuando pudo probarse ante los reclutadores de las Chivas del Guadalajara, los entrenadores notaron algo descomunal en él: su rápido crecimiento. Su fortaleza física bien podía usarse como un central, pero su verdadera habilidad residía en la agilidad y elasticidad, clave bajo los tres palos.

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