Ya se advirtió de que en Rochester, ciudad colindante con Nueva York, el tiempo sería de perros. El primer día se retrasó el PGA Championship por las heladas y en la segunda jornada llovió al principio y al final a cántaros, caddies con paraguas en mano y jugadores secando los grips sin parar, además de que azotó un viento racheado. Lo que le faltaba a Oaks Hill: con un rough terrible porque la bola se sacaba con dificultades y, de hacerlo, no se le podía dar control; con unas calles estrechas; con unos robles puestos a mala baba; con unos bunkers profundos que defendían la bandera; con unos greens ondulados. Campo, en definitiva, que ha demostrado a los mandamases del circuito que no hay que cambiar la bola –se hablaba de utilizar una que no cubriera tantos metros– sino que se trata de poner trampas, de elevar la dificultad del recorrido. Eso explicó la tabla del torneo, solo con nueve jugadores por debajo del par tras dos jornadas, con Rahm salvado sobre la bocina (+3 en total tras un día con tarjeta de -3), también con Scheffler en su mejor versión, líder del torneo con -5 junto al canadiense Corey Conners y al noruego Viktor Hovland.

