La frustración de los golfistas es normal en Oakmont Country Club, la sede del 125º US Open. Hay quien lo lleva mejor y quien se desespera más, pero todos sufren en algún momento. No basta con calcular bien el golpe cuando se cae en una de las muchas trampas que esconde el recorrido de Pittsburgh. Los impactos desde el rough son casi imposibles de controlar, pero lo peor está en los enormes greenes, pues las intrincadas caídas no sólo son difíciles de leer, sino que una bola puede aterrizar muy cerca de la bandera y coger una ligera pendiente que se la lleva varios metros. Pocas veces rueda a favor. Sin embargo, es así para todos. Como decía McIlory en sala de prensa, “ganará quien tenga más paciencia”.

