Creo conocer al madridismo, aunque solo sea de oídas. O, al menos, a una parte, pues abarcarlo al completo sería como intentar meter al Bernabéu, con sus noventa mil almas, en un vaso de chupito. Existe un madridismo clásico, noble, que da la mano en la derrota, como proclama su viejo testamento, capaz de aplaudir a Ronaldinho en sus mejores tardes o de rendirse a la excepcionalidad de Messi sin necesidad de buscarle los tres pies al gato. Un madridista veterano y resabiado, de los que conserva su primer carné, ya amarillento, como el que cuida de su corazón o resguarda el gran tesoro de la familia.

