Nikola Jokic dormía en Belgrado cuando fue elegido en el draft de la NBA. Era el 26 de junio de 2014 y el nombre del pívot serbio no apareció hasta la segunda ronda, en el puesto número 41, ligado a los Denver Nuggets. Solo fueron un par de escalones mejor que el hoy madridista Walter Tavares (43º, entonces en el Gran Canaria) en un mercado de fichajes que coronó a Andrew Wiggins y en el que Joel Embiid, MVP de esta temporada, fue tercero. A Jokic, jugador del KK Mega, de la capital de su país, aquello no le quitaba el sueño. Su reto, decía, era la Euroliga. Y tampoco la Liga estadounidense le consideraba ni mucho menos un tesoro. De hecho, cuando el serbio fue reclutado por Denver la cadena televisiva con los derechos del certamen, ESPN, emitía un anuncio de comida rápida de la cadena mexicana Taco Bell. En concreto, un burrito con arroz, carne, crema agria y quesos fundidos llamado Quesarito. No dejaba de ser curioso tratándose de un baloncestista con algunos problemas de sobrepeso y que bebía tres litros de Coca-Cola al día. “No podía parar, era un vaso detrás de otro”, confesaba.

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