Algo se debe colar en los conductos del aire acondicionado de los presidentes de las federaciones. <strong>Hemos pasado de que Rubiales se rompió las piernas de pequeño a que Infantino sufrió bullying en el colegio porque era pelirrojo y tenía pecas</strong>. Ambos argumentos, además, no tenían nada que ver con el hecho central de sus declaraciones. En el caso de Infantino, quiso salir airoso de las razones que han llevado a disputar el Mundial en Qatar. La razón es mucho más directa de lo que quiso explicar el presidente de la FIFA:<strong> Qatar quería comprarse un Mundial y la FIFA se lo vendió. Ya está. Fue una transacción comercial. Una operación entre un organismo con la reputación dañada, la FIFA, y un país, Qatar, sobre cuya reputación no hay ninguna duda</strong>: una dictadura en la que los derechos humanos brillan por su ausencia. Infantino se enredó en una especie de lavado de conciencia -no se sabe si suyo o de toda la FIFA- en el que <strong>quiso repartir culpas con el mundo occidental por los últimos 3.000 años de la historia universal. Un despropósito, vamos</strong>.

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