La maratón de Pyongyang, una de las escasas rendijas deportivas en un país en el que el deporte está tan cerrado al mundo como el régimen, prevista para el 5 de abril, no verá la luz. No es la primera cancelación de un evento fundado en 1981 para celebrar el nacimiento del padre fundador de Corea del Norte, Kim Il Sung. Con una idiosincrasia muy particular que permite participación extranjera, seleccionada bajo una agencia intermediaria. Y que no importa, como otros grandes eventos, a africanos voladores para no cuestionar la supremacía de los atletas norcoreanos. Tan incuestionable es la autoridad que la organización no necesitó especificar el motivo de la cancelación y simplemente aludió a “algunas razones” para explicar una decisión que llegó el pasado lunes. En un contexto de inestabilidad global, con una guerra abierta en Oriente Próximo, uno de los lugares más herméticos del mundo ya no quiere visitantes. Aunque sea con zapatillas de correr.

