Regreso a los tiempos duros de la pandemia. En la salida de Aigle, un pueblecito entre lagos y montañas y hermosos valles suizos, nadie choca la mano, ni siquiera cruza los nudillos con nadie en la zona de los autobuses de los equipos. No tocar es la orden. Nadie bromea con las mascarillas. Los empleados del Tour vigilan que nadie se la deje en la barbilla. La covid amenaza al Tour en forma de goteo cotidiano de corredores retirados después de dar positivo en los test de antígenos y PCR que hacen diariamente los equipos –el domingo fue el turno del francés Guillaume Martin—y, dado que terminada la etapa del domingo, el Tour, como estaba previsto en el protocolo dispuesto por la Unión Ciclista Internacional (UCI), someterá a los 165 ciclistas del pelotón a un PCR, no había director que no cruzara los dedos. Al mismo tiempo, se multiplicaban las informaciones de corredores con síntomas pero con antígenos negativos. De dudas. De temores.

