Cómo negar que a los españoles nos sigue fascinando todo aquello que provenga de Alemania, vestigio de un tiempo donde la búsqueda de fiabilidad se convirtió en una de nuestras principales preocupaciones. Sus coches eran el oscuro objeto de deseo de las clases populares, cuánto más si no se disponía de una plaza de garaje en propiedad y te veías obligado a aparcar frente a la puerta de casa. Sus electrodomésticos, también garantes de cierto prestigio social, ocupaban un lugar preferente en nuestros hogares, siendo el caso más paradigmático el de la entonces nueva lavadora que se compró una tía mía y colocó en el salón, junto a los muebles de cerezo y con fotografías familiares encima.

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