La catarsis curó la melancolía de Portugal. No es la primera vez que sucede ni será la última. La Copa del Mundo abona situaciones dramáticas. Muchos equipos implosionan en el tránsito. Los insultos que profirió Cristiano Ronaldo a su seleccionador, Fernando Santos, cuando le sustituyó en el último partido de la fase de grupos, precipitaron la adopción de medidas disciplinarias sumarias. Santos no tuvo más remedio que restituir su autoridad. Dejó fuera de la alineación al capitán y el vestuario, que desde hacía meses se distanciaba de Cristiano, cada vez más ensimismado, se sintió al fin liberado. Portugal dejó de ser el coto del goleador de 37 años para convertirse en el equipo de Bernardo Silva, Bruno Fernandes y João Felix, tres jugadores superlativos que se definen por su sentido asociativo, su generosidad y su visión global del juego, todo aquello que nunca caracterizó CR. Entre los tres encumbraron a Gonçalo Ramos, el sustituto del ídolo caído, que metió tres goles en la demolición de Suiza, piedra de toque de una selección que se suma a las favoritas.

