La elección de un país como sede de la Copa del Mundo de fútbol no es una decisión políticamente neutra. Aunque las instituciones deportivas insistan en presentar estos eventos como espacios ajenos a la política, para mantener la supuesta autonomía del deporte, lo cierto es que su organización comporta una forma de legitimación simbólica del Estado anfitrión. Se le reconoce, al menos implícitamente, como un miembro respetable de la comunidad internacional, merecedor de visibilidad, prestigio y reconocimiento. Este argumento ha sido utilizado para criticar la elección de sedes anteriores de la Copa Mundial de Fútbol, como Rusia o Catar, así como la adjudicación, contra todo principio de buen gobierno, a Arabia Saudí de la vigésima edición de la Copa del Mundo de 2034. Desde esta perspectiva, resulta oportuno preguntarse si Estados Unidos reúne hoy las condiciones políticas, jurídicas y morales necesarias para organizar un evento deportivo de alcance global como un Mundial de fútbol.

