Siempre fueron como agua y aceite. Los dos mejores, tan extraordinarios, tan distintos. Messi transcurría su carrera sin levantar la voz y encogido ante los micrófonos. Cristiano sonreía y posaba para los focos mientras proclamaba sus virtudes a los cuatro vientos. Los dos dominaban el fútbol, pero de manera bien distinta. Hoy, Cristiano se va de su selección por la puerta de atrás, dando un portazo, con una rabieta de adolescente. A miles de kilómetros, Argentina prepara toda una ceremonia para el adiós programado, y medido al milímetro, de su leyenda. 

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